Ansiedad

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Imagine un clavo calentado a 1000°C.
Ahora, imagine tu manos intentando agarrándolo por algunos segundos.
Hum... él daño seria enorme.

Pero, ¿que pasa si lo tiramos en la piscina? Un ruido, medio segundo, y ya se resfrió nuevamente. Aunque la temperatura sea la misma, el cambio de calor es totalmente diferente en el centro de la mano e en el medio del agua.

La ansiedad a veces nos agujerea el ánimo. A veces quema el pecho, el corazón – la vida. Es difícil pensar en alternativas cuando no se está bien. Pero es importante recordarse que con nuestra manos solamente, nos somos capaces de diminuirla. El resultado final compensa todo el esfuerzo.

Sale bien, enfriarla en la piscina de la fe en Dios. No que enfríe tan pronto cuanto el clavo, pero tendrá aún más dificultad en permanecer quemando con una masa tan grande de fuerza y amor. Los clavos que queman en la mano de Jesús en lo alto de la cruz fueron clavados para no asegurar que el mismo calor que nos calienta en noches frías es lo que alivia la temperatura de un día infernal. No es mágica, es fe. No es formula, es fuerza. No es autoayuda, es ayuda que viene del Alto.

Como fijar un clavo, intentar resolver la ansiedad con las propias manos no ayuda. Antes de se quemar, lance la ansiedad para dentro de Dios. No hay nada mejor que un buen buceo para enfriar las manos. La cabeza.

La vida.
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